La gasolina golpea al agro: Uruguay lidera el ranking regional y crece la presión sobre los costos de producir alimentos

El aumento del precio de los combustibles en América Latina encarece el transporte, los fertilizantes y la logística agropecuaria, mientras la volatilidad del petróleo mantiene en alerta a productores y exportadores.


amanecer rural

El aumento de los precios de la gasolina en América Latina durante la primera mitad de 2026 volvió a encender las alarmas en el sector agropecuario. La escalada energética, impulsada por la guerra en Medio Oriente y las tensiones sobre el tránsito marítimo en el estrecho de Ormuz, elevó los costos del transporte, la logística y la producción agrícola. Uruguay pasó a tener el combustible más caro de la región, mientras que Venezuela mantiene el precio oficial más bajo gracias a un esquema de subsidios. La situación es clave para el agro porque los combustibles representan uno de los principales componentes de los costos de producir y exportar alimentos.

La Organización Latinoamericana de Energía (Olade) estima que los precios promedio de la gasolina aumentaron cerca del 15% en América Latina tras el conflicto en Medio Oriente, mientras que el diésel registró incrementos cercanos al 21%. El efecto no quedó únicamente en las estaciones de servicio. El encarecimiento del transporte elevó el costo de mover granos, carnes, frutas, insumos y maquinaria, mientras que las interrupciones en el suministro internacional de fertilizantes también incrementaron los costos de producción agrícola. Para un continente cuya competitividad depende de las exportaciones agroalimentarias, la energía vuelve a convertirse en un factor estratégico.

Aunque el precio internacional del petróleo comenzó a moderarse después del pico registrado durante el conflicto, la baja no llegó de manera uniforme a los consumidores latinoamericanos. Analistas coinciden en que hoy el valor del combustible depende tanto del mercado internacional como de las decisiones internas de cada país. Impuestos, subsidios, fondos de estabilización, bandas de precios y capacidad fiscal determinaron cuánto absorbió cada gobierno del incremento internacional. Brasil, México, Colombia y Perú aplicaron distintos mecanismos para amortiguar el impacto, mientras que Argentina continuó reflejando además su propia dinámica inflacionaria interna.
Para el sector agropecuario, el aumento del combustible significa mucho más que llenar un tanque. Cada incremento repercute sobre la preparación de los suelos, la siembra, la cosecha, el transporte hacia plantas industriales y la logística de exportación en puertos. También se trasladan mayores costos a la distribución de fertilizantes, fitosanitarios y alimentos balanceados. En consecuencia, las cadenas de valor agroalimentarias enfrentan menores márgenes de rentabilidad, especialmente en actividades de bajo valor agregado donde el costo logístico representa una porción significativa del precio final.

Los especialistas consideran que la volatilidad energética seguirá marcando el segundo semestre de 2026. Aunque el Brent retrocedió desde los máximos alcanzados durante el conflicto, la incertidumbre sobre Medio Oriente y el suministro mundial mantiene expectativas de precios elevados. Las proyecciones ubican al petróleo entre US$ 75 y US$ 90 por barril, escenario que impediría una reducción rápida del costo de los combustibles. Para América Latina, una de las principales regiones exportadoras de alimentos del mundo, la evolución del mercado energético continuará siendo un factor determinante para la competitividad, la inflación y la seguridad alimentaria, especialmente en un contexto donde producir, transportar y exportar depende cada vez más de una logística eficiente y de costos energéticos estables.



Fuente: AgroLatam







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