24/08/2026. INTERNACIONALES. Chile

El fortalecimiento de El Niño durante 2026 encuentra a Chile frente a una variable decisiva para su agricultura: la disponibilidad y distribución del agua durante los próximos meses. El calentamiento del Pacífico puede modificar los patrones de precipitaciones y temperaturas, pero sus efectos no serán uniformes ni permiten anticipar automáticamente una temporada lluviosa. Para el agro chileno, el escenario importa especialmente por la concentración de frutales, viñedos y cultivos intensivos en regiones donde el riego, las reservas hídricas y las temperaturas condicionan directamente rendimiento, calibre, calidad y capacidad exportadora.
La situación chilena debe interpretarse además dentro de un fenómeno continental. El Niño 2026 mantiene bajo vigilancia al agro de América Latina, aunque cada país enfrenta riesgos diferentes. En Chile, la atención estará puesta en la evolución de las precipitaciones de la zona central, acumulación de nieve en la cordillera, embalses, caudales y temperaturas durante primavera y verano. Una mejora de las reservas puede favorecer producciones que vienen operando bajo una prolongada presión hídrica, pero lluvias intensas o fuera de momento también pueden provocar daños, especialmente durante floración, cuaja, cosecha y períodos de alta sensibilidad sanitaria.
Por eso, más lluvia no equivale necesariamente a una mejor campaña agrícola. En fruticultura, el momento en que ocurre una precipitación puede ser tan importante como su volumen. Agua durante períodos adecuados puede recomponer perfiles y reservas para riego; un evento intenso cerca de cosecha puede favorecer partiduras, enfermedades o pérdida de condición comercial. Del mismo modo, temperaturas superiores a lo normal pueden modificar acumulación de horas frío, desarrollo fenológico y demanda hídrica. La agricultura chilena deberá administrar simultáneamente disponibilidad de agua y riesgo climático.
La fruticultura es uno de los sectores más sensibles porque combina alta inversión por hectárea, exigencias de calidad y fuerte dependencia de los mercados internacionales. Chile produce y exporta más de 50 especies frutales y mantiene posiciones relevantes en cerezas, uvas, arándanos y frutos secos, según ODEPA. En este tipo de cadenas, una alteración climática no repercute únicamente sobre toneladas cosechadas: calibre, color, firmeza, condición y fecha de llegada pueden determinar el precio final obtenido en destinos ubicados a miles de kilómetros.
La magnitud económica explica por qué El Niño merece atención empresarial. De acuerdo con el Boletín de Fruta de ODEPA publicado el 18 de agosto, entre septiembre de 2025 y julio de 2026 Chile exportó frutas por US$ 9.300 millones FOB, 4,5% más que en igual período de la temporada anterior. La fruta fresca representó 68% de ese valor, con US$ 6.350 millones. En ese escenario, cerezas, uvas, manzanas, arándanos, paltas y otras especies convierten cualquier alteración de agua, temperatura o calidad en una variable directamente vinculada con los ingresos exportadores.
Las cerezas y la uva de mesa merecen especial seguimiento por su peso comercial y por la sensibilidad de sus ventanas productivas. El avance de la temporada 2025/26 muestra que las cerezas redujeron 8,9% su volumen exportado y 5,1% el valor FOB, mientras la uva cayó 14,2% en volumen y 10,5% en valor. En ambos casos aumentó el valor unitario de exportación. Para la campaña siguiente, temperatura, disponibilidad hídrica y ocurrencia de lluvias durante etapas críticas pueden terminar influyendo sobre volumen, calidad y oportunidad de llegada a los mercados.
La vitivinicultura enfrenta una ecuación similar. El agua disponible condiciona rendimiento y desarrollo de las plantas, pero un exceso de humedad puede elevar presión sanitaria y modificar las condiciones de maduración. En un país con fuerte diversidad de valles y ambientes productivos, desde zonas más cálidas y secas hasta regiones de mayor influencia oceánica, la respuesta será necesariamente territorial. El manejo de riego, monitoreo meteorológico, agricultura de precisión y decisiones sobre canopia y sanidad serán herramientas importantes frente a una temporada potencialmente más variable.
El agua seguirá siendo el eje transversal. Chile tiene una agricultura highly tecnificada en muchas de sus principales zonas exportadoras, pero eso no elimina la dependencia de nieve, embalses, acuíferos y caudales. Un escenario más favorable de precipitaciones puede aliviar restricciones y mejorar seguridad de riego; sin embargo, eventos concentrados pueden generar erosión, anegamientos, daños sobre infraestructura y problemas de acceso. El desafío no será simplemente recibir más agua, sino capturarla, almacenarla y utilizarla eficientemente.
La exposición chilena no termina en el predio. La fruta fresca depende de una logística de exportación particularmente exigente, con cosecha, embalaje, cadena de frío, transporte terrestre, puertos y navegación coordinados para alcanzar mercados en condiciones comerciales óptimas. Eventos meteorológicos extremos pueden generar retrasos y aumentar costos precisamente cuando las ventanas de exportación son estrechas. Para productos perecederos, uno o dos días adicionales pueden tener consecuencias muy distintas que para un commodity almacenable.
Estados Unidos ocupa una posición especialmente importante. En la temporada de uva de mesa 2025/26, por ejemplo, concentró 51,7% del volumen y 45,9% del valor exportado por Chile hasta fines de mayo, de acuerdo con ODEPA. China y otros mercados asiáticos también son estratégicos para distintas frutas, especialmente cerezas. Esto convierte a la resiliencia climática en un componente de competitividad: mantener calidad, trazabilidad, normas fitosanitarias y regularidad logística es indispensable para preservar la ventaja comparativa chilena.
La diversificación también puede amortiguar riesgos. Mientras algunas de las principales frutas frescas registraron menores volúmenes esta temporada, los frutos secos alcanzaron US$ 1.160 millones FOB y crecieron 49,1% en valor, mientras las frutas congeladas aumentaron 17,3% hasta US$ 673 millones. El desempeño muestra una cadena frutícola con distintos productos, mercados y niveles de valor agregado, una característica relevante para administrar un escenario climático más volátil.
Para productores y empresas, la estrategia frente a El Niño deberá combinar tecnificación del riego, agricultura digital, estaciones meteorológicas, monitoreo de humedad, infraestructura hídrica y planificación comercial. En frutales de exportación, anticipar una lluvia o una ola de calor puede modificar decisiones de riego, aplicaciones, cosecha y logística. A escala nacional, mejorar almacenamiento y conducción de agua será cada vez más importante para transformar períodos húmedos en reservas capaces de sostener la producción durante los ciclos secos.
El Niño 2026 no garantiza que Chile tendrá un invierno o una primavera excepcionalmente lluviosos ni permite anticipar hoy daños concretos sobre la fruticultura. Su fortalecimiento sí aumenta la necesidad de seguir el comportamiento del Pacífico junto con los pronósticos nacionales, nieve, embalses y humedad de los suelos. Para una potencia frutícola integrada a los mercados globales, la cuestión central será administrar una variable que atraviesa toda la cadena: desde el agua que llega a un huerto hasta la fruta que debe arribar en condiciones óptimas a Estados Unidos, Asia o Europa.