24/08/2026. REGIONALES. Noa

l diseño de estrategias productivas eficientes en regiones extrapampeanas demanda, cada vez más, una comprensión profunda de las limitaciones y potencialidades físicas de los ambientes.
En el Chaco Seco del noroeste argentino, una de las fronteras agropecuarias más dinámicas del país, la sustentabilidad de los sistemas tradicionales se encuentra en constante evaluación.
Un reciente e innovador estudio científico liderado por investigadores del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) Salta, con la colaboración estratégica del Instituto de Investigación Animal del Chaco Semiárido (IIACS?INTA), echó luz sobre un factor técnico muchas veces relegado pero vital: la influencia directa del uso de la tierra sobre el almacenamiento de carbono orgánico del suelo (COS), un indicador crítico para la fertilidad, el rinde y la resiliencia estructural de los campos.
El pormenorizado trabajo de campo, encabezado por los especialistas Carlos López Morillo, Laura Califano y Jorge Chalco Vera, se propuso desentrañar cómo interactúan los diversos modelos productivos —tales como la agricultura extensiva de secano, las pasturas implantadas y los esquemas de bosque nativo bajo manejo ganadero— con las propiedades edáficas de la región chaqueña.
Los resultados obtenidos fueron categóricos al demostrar que la acumulación del carbono no responde de forma homogénea, sino que se encuentra estrictamente condicionada por las características físicas del perfil, situando a la granulometría de la tierra en el centro de la toma de decisiones agronómicas.
El núcleo del descubrimiento radica en el comportamiento diferenciado según el tipo de suelo.
El ingeniero Carlos López Morillo, investigador del INTA Salta y autor principal de la publicación, detalló la estrecha correlación entre las fracciones minerales y la retención del compuesto: “La textura del suelo resultó determinante en la capacidad de almacenamiento de COS: los suelos finos almacenan más carbono. Las texturas gruesas evidencian mayor vulnerabilidad a determinados usos y manejos”, advirtió el especialista.
De acuerdo con el informe técnico, aquellos perfiles de texturas finas (arcillosos o limosos) que son sometidos a esquemas de pasturas implantadas con cargas animales estrictamente controladas exhiben una performance sobresaliente y un alto potencial de captura de carbono.
La contracara más compleja del estudio la ofrecen los suelos de texturas francamente gruesas o arenosos. Estos ambientes denotan una extrema fragilidad ante los procesos de degradación cuando se implementan planteos agrícolas de secano o ganadería en monte nativo sin una planificación adecuada.
En estos casos, errores de manejo como el sobrepastoreo, el desmonte desmedido, la pérdida de la cobertura vegetal protectora y la consecuente compactación aceleran drásticamente la pérdida de las reservas de COS, empujando a los lotes hacia procesos irreversibles de degradación y desertificación.
Paralelamente, la investigación abordó con rigurosidad matemática el impacto de la labranza y el pisoteo sobre la densidad del suelo.
Los sistemas agrícolas tradicionales y los pastizales sembrados evidenciaron los índices más elevados de compactación, una alteración física severa que bloquea el desarrollo normal de las raíces y deprime las tasas de infiltración del agua de lluvia.
Los científicos advirtieron que esta compactación suele alterar los análisis de laboratorio tradicionales, provocando una peligrosa sobreestimación del stock de carbono real si los muestreos se realizan únicamente a profundidades fijas estándar.
Para subsanar este desvío, el equipo aplicó un sofisticado ajuste metodológico basado en la masa de suelo equivalente, garantizando una comparación de alta precisión científica entre los modelos analizados.
Como balance final, el equipo del INTA aportó una mirada superadora que redefine la visión técnica sobre la región. “La producción agropecuaria en el Chaco Seco depende menos del tipo de uso del suelo que de la interacción entre las prácticas de manejo y su intensidad en cada ambiente”, concluyó López Morillo.
Bajo esta premisa, la adopción urgente de prácticas netamente conservacionistas, que respeten la textura de cada lote y se complementen con un monitoreo periódico de las variables físicas y químicas, se alza como la única vía posible para potenciar el recurso, mitigar los riesgos ambientales del cambio climático y consolidar la rentabilidad económica de los productores del norte argentino.